
Salimos rumbo a Argentina a las 22:55 y, tras una larga noche de vuelo, aterrizamos en Buenos Aires sobre las 7:00 del día 1 de octubre. Sin apenas tiempo para asimilarlo, tocaba continuar la aventura: coger un remis hasta el aeroparque Jorge Newbery y enlazar con otro vuelo destino a Puerto Iguazú.
A las 13:00 llegábamos por fin a nuestro destino, en pleno corazón de la selva misionera, puerta de entrada a las impresionantes Cataratas del Iguazú, una de las grandes maravillas naturales del mundo . Allí nos esperaba un taxista con un cartel bastante claro: “IVÁN DEL POZO X4”. Sin margen de error.
Nada más llegar al hostel Guembe, el cielo decidió darnos la bienvenida a su manera: una lluvia intensa y tropical. Pero no íbamos a dejar que eso nos frenara. Tras instalarnos, salimos a comer bien equipados con paraguas… y, curiosamente, al terminar, la lluvia desapareció y el sol hizo acto de presencia, como si alguien hubiera cambiado de escena.
Dedicamos la tarde a pasear tranquilamente por Puerto Iguazú, una ciudad pequeña pero animada, rodeada de naturaleza y con ese ambiente relajado que invita a bajar el ritmo . Aprovechamos también para cambiar dinero y comprar provisiones para el día siguiente, cuando visitaríamos las cataratas.
El cansancio acumulado del viaje empezaba a pesar, pero el buen humor —y unas cuantas cervezas— nos mantenían en pie. Entre risas y bromas, intentamos ver unas películas en el DVD del hostel (África y Venezuela, nada menos), aunque sin mucho éxito. Al final, una última cerveza selló el día.
A eso de las 22:00 caímos rendidos.
La habitación era sencilla pero acogedora: una cama doble para Trini y Manuel, y una litera para Elena y para mí. Yo, arriba; ella, abajo. Reparto justo.